La mística, los místicos y la cotidianidad

Casualmente (y no es un recurso literario sino la pura realidad), estos días tuve la oportunidad de participar en un Seminario titulado “La mística hoy: tradición y nuevas perspectivas” organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y la Fundación Fernando Rielo, entre otros. -¿Mística? -Sí, mística. -Pero, ¿hacen seminarios sobre eso? 

Pues parece ser que sí, o al menos yo creo haber participado en uno. Yo me quedé igual de sorprendido cuando me enteré, y lo cierto es que acudí con una “sana prudencia” respecto de lo que me pudiera encontrar allí. De todos es sabido que la mística por sí sola o por aquello que evoca en el imaginario colectivo puede engendrar desconfianza. Quizá, algunos piensen (y yo a veces me incluyo en ese grupo) que la línea entre el místico y el “iluminado” es muy delgada y fácilmente se traspasa. Sin embargo, me he llevado una grata sorpresa respecto de todas las ponencias que he podido escuchar, sobre todo porque me han hecho pensar sobre algo que no tenía demasiado presente. Por eso, más que contar el congreso (al que le interese puede encontrar la documentación en la web de la UIMP), voy a contar lo que me ha hecho pensar, por si por casualidad a alguien también le invita a pensar sobre el tema.

La mística está muy mal valorada. Si hablar de Dios hoy parece algo reducido a pequeños grupos con “lengua de iniciados”, hablar de mística es como hablar de un primo lejano de ese Dios: si Dios nos cuesta, de la mística ya ni hablamos ¿no? Pues no, es decir, pues sí, hablemos de mística.

¿Hablar de mística es hablar de Dios? No, pero casi. La mística es un fenómeno que se da en todas las religiones “con Dios”, en tanto que implica una “conexión” del creyente con la divinidad. Los grandes místicos de hecho, se distinguen por esa sensibilidad especial para con las cosas de Dios, por esa “conexión especial” con la divinidad. Por eso a muchos de los que formamos el grupo de “el resto de los mortales” la mística nos suena tan ajena: parece algo que solamente una élite llega a gozar y que no tiene nada que ver con nosotros, por no hablar de esa delgada línea que separa la mística de la imaginación del místico. Ahora, esta es la visión que ha cambiado para mí y que hoy me anima tan siquiera a pensar acerca de la mística.

Como dijo uno de los ponentes, la mística viene a ser algo así como el amor: muchos la usan, pero pocos la respetan. Eso es lo que me ha sorprendido: el hecho de que muchos la usen, diciendo muchos por no decir todos. En efecto, lo que me ha hecho pensar es el poder entender que el hombre es un “ser místico” y no puede no serlo. Es más, he podido descubrir que la mística es una dimensión fundamental de cada uno de nosotros (esta idea no es mía [como la mayoría de las que escribo], es del filósofo promotor a título póstumo de las conferencias, Fernando Rielo). Habrá quien piense que quizá el extasiado sea yo después de tanto escuchar acerca de mística, pero lo cierto es que si la mística es la posibilidad de comunicación con Dios, al que muchas veces se le ha llamado “el Trascendente”, todos hemos de estar posibilitados a este peculiar diálogo. Esto, para un creyente en Dios es fácil de entender, pero para una persona que cree en otras cosas que no son “Dios”, o el Absoluto, puede resultar extraño. Sin embargo, no es necesario ir a entender la experiencia mística de Santa Teresa de Jesús en la trasverberación para entender lo que digo: basta con que vayamos a la cotidianidad de nuestra vida.

Todos y cada uno de nosotros, creyentes en Dios y creyentes en otras cosas, tenemos vida mística. Si por algo nos caracterizamos en nuestro vivir es por la apertura a la trascendencia, a aquello que trasciende nuestro propio yo y que evoca una realidad que supera las expectativas de realización de la realidad misma. Pongamos el ejemplo de una fotografía: yo puedo ver la foto de una pareja y no decirme absolutamente nada esta foto. Sin embargo, otra persona viendo ese mismo trozo de papel inerte e impreso puede ver evocadas vivencias, emociones, sentimientos… y encontrarse frente a un retal de su vida. Los dos hemos visto el mismo trozo de papel inerte e impreso, pero para uno de nosotros es mucho más que un trozo de papel: es un elemento que en interacción con su espíritu hace presente un retazo de su vida y lo hace presente, lo actualiza de algún modo. Ahora, quien dice que esto ocurre con una foto sabe también que puede ocurrir con cualquier otro objeto, o con palabras, sonidos, aromas, sensaciones… El espíritu humano entra en una interacción peculiar con la vivencia, viéndose trascendido respecto de la realidad con la que interactúa, ya que ¿quién si no se explica que un trozo de papel desencadene en nosotros el llanto desconsolado o la sonrisa sincera? Este parece ser es el inicio más rudimentario de la mística, y forma parte de nuestro ser constitutivo, de todos y cada uno de nosotros. No podríamos vivir sin esa experiencia mística y seguir llamándonos “seres humanos”. Habrá quien le llame “dimensión simbólica” o herramienta lingüística, pero en su vivencia más pura e inocente es el inicio de la experiencia mística en nosotros.

Así, aunque lo que entendemos habitualmente por mística sea algo superior a esto que digo, esta experiencia es la esperanza de la mística, la puerta a creer que todos podemos tener esa sensibilidad para con las cosas de Dios y para aquello que nos trasciende. Vivimos insertos en un mar de destellos de trascendencia en nuestra vida, y nuestra apertura (dado que nunca podemos cerrarnos del todo a dicha trascendencia) hará que podamos degustar dichos instantes y vivirlos con la intensidad que reclaman. Y para muestra, un botón: el arte.

Nadie se atrevería a decir que “el Mesías” de Haendel es comparable al ruido que hace mi coche cuando está en marcha. Bueno sí, alguien puede creer que ambos son “ruidos” o “sonidos”, pero siendo sinceros dudo que sean equiparables. Si queremos, después del efecto que producen ambos sonidos en nosotros podemos estudiar sus armonías, las capacidades receptivas del ser humano (¿las tuyas o las mías?) y el efecto que ambos sonidos producen en nuestros mecanismos receptivos y de procesamiento de estímulos… Sin embargo, esto no dejará de ser la explicación de un mecanismo, y no creo que aquello que produce en nosotros cada uno de estos “sonidos” se esclarezca en dichos mecanismos, sino que siempre se transforma en una invitación a la trascendencia, a ir más allá de una amalgama de sonidos y encontrar en esta obra un todo que se nos comunica, nacido de la mente de su autor y personalizado e intimado por nuestro espíritu. Se produce un contacto con la trascendencia, con algo que va más allá del sonido y que nos mueve a escuchar un todo, algo que sin poder ser explicado todos sabemos lo que es. 

El cuadro que se ve en la imagen, “El regreso del hijo pródigo” de Rembrant, puede ser una representación más o menos realista de una escena real o imaginaria, pero no está exenta de una cierta espiritualidad. Una espiritualidad que no proviene de su fuente exclusivamente (por tratarse de una escena narrada por Jesús), sino de las manos del autor. El autor entra en contacto con el lienzo y plasma aquello que su espíritu elabora respecto de la escena que quiere representar: digamos que es una expresión psicosomática de este espíritu que se comunica al que lo contempla, con todos los detalles que lo engloban. Ahora, el que contempla la obra no ve una serie de colores superpuestos en forma de trazos más o menos precisos: ve la escena que el autor ha querido comunicar con los matices que ha querido resaltar, fruto de la abstracción que ha realizado previamente de la escena. A través de la contemplación de esta obra, vidente y autor se ponen en contacto, un contacto místico en el ámbito de la trascendencia que supera a una serie de trazos superpuestos en colores más o menos armónicos (de eso ya se encargan los críticos que saben más que el mismo autor del cuadro, como alguien me dijo). 

Así, veo en estos dos ejemplos que la experiencia mística se trasmite de manera privilegiada a través del arte. Como escribió Simone Weil, “los místicos auténticos, como san Juan de la Cruz, describen la operación de la gracia en el alma con precisión de químico o geólogo”. Sin embargo, esto es solo un comienzo. De esta experiencia a la trasverberación hay un paso grande, pero ya es una diferencia de grado, no cualitativa. Dependerá de nuestra sensibilidad, de nuestra creencia, de la gracia que Dios nos conceda para llegar a tal grado de contacto con Él… y del mismo modo que no toda persona que mira un cuadro es capaz de captar lo que el autor ha querido expresar, no todo aquél que tiene una mística cultivada llegará inevitablemente a un contacto totalizante con Dios. Aun así, en germen todos poseemos esa apertura a la trascendencia que se corresponde con la esperanza de la mística, y todos estamos capacitados para saborear la vida con mayor intensidad de lo que lo hacemos, captando la trascendencia en la cotidianidad de nuestros días abiertos a aquello que se encuentra más allá de nosotros mismos, con la esperanza del Encuentro con Aquél que siendo trascendente entra en contacto con nosotros por amor y para el amor.

Por todo esto, quedo contento por esta manera de poder pensar la mística, que si bien es un inicio ya es más de lo que había pensado hasta ahora. Agradecido por el Seminario y por los ponentes, acabo diciendo con uno de ellos que estoy convencido de que “la mística va a hacer al hombre grande”.

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