"La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas"

El filósofo de lo absurdo, Albert Camus, dijo una vez que "la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas". No creamos que por ser el padre de esta corriente filosófica es absurdo lo que dice, pues a mi juicio esta frase es muy apropiada para el momento que estamos viviendo actualmente.

Llevamos 3/4 de mes desde las elecciones, ya se han constituido gobiernos en la mayoría de las ciudades y municipios de nuestro país y parece que se va afianzando un nuevo modelo político fruto de lo que venimos viviendo meses (o incluso años) atrás. La ciudadanía pide nuevas formas de hacer política, pide democracia directa y un nuevo modelo en el que la cuestión social tenga una importancia efectiva y no solo ficticia. Que la regeneración constante que el sistema tiene como base sea efectivamente revitalizante. Sin embargo, me da la impresión de que algo no está saliendo bien.

Las elecciones pasadas hubo quien no necesitó presentar un programa electoral firme; bastante tenían ya con los errores de sus contrarios como programa electoral; algo así como: "el error de mis contrarios es mi acierto" o "de te envidia nace mi fama". Lo cierto es que, cuando se dan muchos errores en un grupo político y existen medios para propagarlos, a veces el mejor programa electoral puede ser el conjunto de esos errores para sus contrarios. Ahora, lo normal sería que fueran cuales fuesen los resultados, si se constituye un nuevo gobierno se diera una "oportunidad de gobierno": que el nuevo gobierno comience a gobernar y que, en lo que haga bien se le aplauda y en lo que haga mal se le diga. Pero no.


La batalla de los gallos no descansa. Ahora es el momento de desenmascarar los errores de la vida pasada de los nuevos gobernantes para ya, a priori, desautorizarlos. Cierto es que hay opiniones que un político no se puede permitir, pero cargar el pasado a las espaldas de las personas como un yugo es pensar que las personas no pueden cambiar; que un adolescente nunca fue adolescente, que lo que dijo con 18 años tiene el mismo peso que lo que dice ahora con 35. Me parece que no es del todo... honesto. ¡Cuántas personas han dicho "yo no me casaré en la vida" y ahora viven felizmente casadas! Si su pareja les tuviera que restregar esa frase por la cara cada vez que se equivocan, la convivencia sería terrible.


Y ciertamente, creo que eso es lo que pasa... que la convivencia es terrible. Que los ideales políticos del servicio a la ciudadanía, el Estado al servicio de la sociedad... quedan ensombrecidos por las palabras de aquellos que representan a la ciudadanía. Esa convivencia que se pide a los ciudadanos no son capaces de llevarla a cabo aquellos que les representan. ¿Será que realmente no queremos convivir? Si esto es así, la democracia carece de fundamento; se nos puede llenar la boca con libertades y derechos, pero eso no es más que una fachada con unos fines secundarios que no son tan aparentemente bellos.

Así que, si creemos que la democracia es posible, empecemos a ejercitarla desde uno de sus correlatos fundamentales: el respeto. Eso es algo que viene brillando por su ausencia en el panorama político desde hace tiempo. Podemos pensar que "los otros no se merecen mi respeto", pero si eso es así, tampoco se merecen mi democracia, por lo que haremos estandartes de conquista a la mínima de cambio y siempre habrán perjudicados que, como en toda guerra, son los que menos culpa tienen.

Y si no, pues no. Si continuamos igual, le estaremos dando la razón al pensador absurdista de palabras sabias, y estaremos apoyando la llamada "tiranía absolutista" a base de aspavientos políticos y opiniones fragmentarias, pidiendo a gritos que nos gobierne alguien que sepa, porque habremos demostrado que nosotros no acabamos de saber gobernarnos y que los ideales modernos nunca han dejado de ser ideales. 

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