De la sabiduría que te da la esperanza

Roberto Iniesta (Robe, para los fans de Extremoduro) hablaba en una intro a una de sus canciones de "la Sabiduría que te da el fracaso" para después cantar la famosa canción (al menos en sus inicios): "Correcaminos, estate al loro". A pesar de que no voy a hablar de él ni de letras de Extremoduro, sí me valgo de esta frase para enunciar esta entrada.

Es cierto que el fracaso engendra sabiduría, pero no del todo. No hay mejor manera de aprender a hacer las cosas que equivocarse y reconocer el error, ya que es en el error donde reside la clave para salir de él. El no reconocer un error no conlleva más que volver a encontrarse con él en un momento u otro, en una de sus múltiples variantes. Ahora, el error es tan humano como la cultura, ya que para que exista un error primero ha de haber una razón crítica tras él que lo detecte, sea en el ámbito que sea. Un perro no comete errores: sorprende (o el perro es super listo o el perro es tonto, pero no comete errores). Por eso, hablar de errores es hablar del ser humano y hablar de cómo este estructura la realidad a partir de los parámetros que le han sido dados o que ha aprehendido a lo largo de su vida.

Un error en sí mismo no es un error. El error exige alguien que lo declare como tal, ya que algo en sí mismo no puede ser erróneo. En la naturaleza no hay errores, solamente cosas que se salen de los parámetros ordinarios y hacen que la diversidad aumente y la homogeneidad disminuya. De hecho, la evolución se produce a base de mutaciones, que a priori pueden parecer errores pero que hacen que se produzcan cambios de parámetros y aparezca la novedad. Podría decir que el error purificado de la carga negativa es, ciertamente, novedad. Es algo que se sale del parámetro establecido e introduce la novedad en lo ordinario, lo extraordinario en lo rutinario, la chispa en la oscuridad.

Sin embargo, hablar de errores no es hablar de novedades exclusivamente, sino que como he dicho antes introduce un matiz negativo, un punto de desagradable que califica al hecho de error. Al ser algo propiamente humano, el hecho se introduce en la vida de la persona de una manera destructiva, de manera que hace que la persona califique ese hecho como algo negativo... Aun así, ¿la negatividad del hecho proviene del hecho en sí mismo? Creo que no. Creo que esa negatividad proviene de la necesidad que tenemos de control sobre nuestras vidas, de saber que somos nosotros los poseedores de nuestra vida y los que llevamos las riendas de nuestra existencia. Calificar un acto de erróneo es propio de un orden preestablecido que hace que ese hecho que se sale de los parámetros aceptados se convierta en un error, y por ende en algo negativo. Si el error nos reputara unas consecuencias positivas, no nos importaría darle el nombre de error ni tendría ese matiz de negatividad. Sin embargo, siendo honestos no nos gustan los errores, porque ellos implican riesgo: el riesgo de sentir el caos, el desorden, o el descontrol en nuestra vida que se traduce en fracaso. Algo así como el temido "efecto 2000".

Tenemos miedo de que el error sea el mismísimo principio de entropía en nuestras vidas, cuando la importancia que tiene le viene dada por nosotros mismos. Un error cualquiera puede desestabilizar toda nuestra vida, y por otro lado hay errores en nuestras vidas que acogemos como rutina. La gravedad del error reside en el ámbito de nuestra realidad al que afecte. Pero ojo, ese miedo a que el error sea el principio de entropía en nuestra vida no es malo del todo, ya que como decía Mauriac: "el miedo es el principio de la sabiduría", aunque pienso que no es cierto del todo.

Caer en el error es abrir una puerta a la esperanza, siempre que estemos dispuestos a tratar con él humanamente, con razón y voluntad, ya que la manera humana de afrontar un error es superarlo. Cuando superamos el error es cuando ponemos en juego nuestra voluntad y nuestra razón para que este no vuelva a repetirse. Es cierto que el hombre es especialista en tropezar con la misma piedra, e incluso algunos nos encariñamos con las piedras, pero un error no se borra, sino que se supera cuando verdaderamente se identifica y se vuelca la razón y la voluntad en superarlo. Vivir un error con la puerta abierta a la esperanza conlleva el servirse del error para algo bueno, lo que elimina su matiz negativo. Pero para eso se ha de vivir la vida con sentido, y no todo el mundo está dispuesto a ello; a veces puede parecer que es mejor dejar fluir los acontecimientos y limitarse, simplemente, a "dejarse vivir" por una existencia despersonalizada que nos haga "galopar un camino empedrado de horas, minutos y segundos". Al vivir el error con sentido, se abre al mismo tiempo la puerta a la esperanza de poder superar dicho error, de incorporarlo a la experiencia vivida y hacerlo una parte de la propia identidad, de manera que configure desde el pasado nuestro presente inmediato abriendo la puerta a un futuro mejor, si cabe.

Si somos capaces de vivir el error sin la carga negativa que le ha sido dada por nuestro afán de control sobre nuestras propias vidas, la esperanza tiene la puerta abierta a entrar en nuestra existencia, llenándola de sentido y de sabor. Y esa esperanza sí es el principio de la sabiduría. La esperanza engendra sabiduría, y el miedo del que habla Mauriac es el propio miedo a la pérdida de la esperanza, al fin de las utopías más o menos utópicas que conforman nuestras vidas. Si por un momento pudiéramos levantar la mirada al frente cuando los errores que hemos cometido pesan más que la esperanza que sirve de impulso a nuestras vidas,  los errores se volverían más etéreos y eliminarían lastre de nuestra existencia vivida con sentido. En palabras del escritor Samuel Johnson: "es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción". La vida vivida desde la esperanza abre la puerta a la redención, a la superación del error; pero de esto ya hablaremos en otra ocasión.

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