¿Tres minutos para qué?
Muchas veces, cuando ciertos colectivos o dirigentes políticos, convocan minutos de silencio, me surge la pregunta acerca de porqué se hace. Pasar un minuto en silencio o tres minutos en silencio por una víctima de algo, o varias víctimas, necesita un sentido. A simple vista, no tiene demasiado sentido hoy en día... ¿O sí?
Parece algo así como una convención social: puesto que hay víctimas (de violencia, de un virus...), hagamos un momento de silencio que es lo que más se necesita... ¿o no? Realmente, necesario no es. Una persona que se rigiera por la necesidad, o por la utilidad, vería más útil utilizar esos minutos para luchar más intensamente contra la causa de esa violencia, que cesar la actividad, hacer silencio y esperar a que pase ese tiempo. Sin embargo, sentimos la necesidad de hacer ese silencio. Sentimos que es la mejor solidaridad que podemos expresar contra las víctimas. Vuelvo a preguntar: ¿Por qué?
Se me ocurre una causa, tanto más notable cuanto más una persona se pregunta por las cosas (si vivimos "a salto de mata", pues me callo porque me lo dicen y au): necesitamos vivir los símbolos. Un símbolo es aquello que une un acto físico, con un significado mayor que él mismo: trasciende lo físico y se abre a algo más profundo. El silencio, físicamente, es dejar de emitir sonido. Sin embargo, ese silencio evoca distintas cosas que trascienden al mismo silencio.
El silencio es tiempo de examinar la propia conciencia, esa a la que tantas veces nos emperramos en acallar. Muchas veces escapamos del silencio porque nos da miedo estar a solas con nosotros mismos. Se hace el silencio, y aparecen esas cosas que el ruido nos evita escuchar. Quizá, estos momentos de silencio sean una invitación a recordar a las víctimas, pero también para examinarnos a nosotros mismos, y ver qué parte de responsabilidad tengo yo en las víctimas. Quizá, podríamos aprovechar ese minuto para mirar en nuestro interior y ver si contribuyo, con mi vida, en lo que yo vivo, sin hacer grandes aspavientos, a erradicar la causa de esas víctimas. Ante un virus, si yo hago todo lo que puedo para evitar que se propague; ante la violencia, si yo evito fomentar la violencia en mi entorno. Sea como fuere, si ese minutos, o esos tres minutos, sirvieran para que yo me dé cuenta en lo que puedo contribuir para evitar más minutos así, quizá sea el mejor homenaje que podemos hacer a las víctimas.
Ahora bien, quizá, si el silencio nos invita a trascender al mismo silencio, podemos también aprovecharlo para apelar a la Trascendencia. Seamos más o menos creyentes, silencio y oración han ido siempre de la mano. La oración personal, la meditación... siempre piden tranquilidad, quietud, silencio. Para quien cree que es posible la oración, es decir, la relación con lo divino, quizá este momento de silencio pueda ser idóneo para hacer oración, poner las cosas en manos de Dios, saberse bajo su omnipotencia y misericordia.
Siendo esto así, sí que son necesarios y útiles estos momentos de silencio: encuentro con uno mismo, encuentro con el Otro... ¡así sí que tiene sentido hacer momentos de silencio!
Ahora, evitemos unir silencio y tragedia, porque el silencio también es espacio para la tranquilidad, para la paz. ¡Cuanta paz habría si unos cuantos dejaran de atizar con sus lenguas viperinas! Quizá necesitamos más del silencio, más de lo que estamos dispuestos a reconocer. Quizá el silencio en nuestra vidas exprese nuestra realidad más pobre, y al mismo tiempo, nuestra mayor riqueza. No tengamos miedo al silencio, ni a lo que el silencio pueda traer, porque quizá si guardáramos más silencio, habría más paz, esa que tanto imploramos.

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