¿Se avecina el fin de los tiempos?
En los últimos días, ante todo lo que está ocurriendo, son varias las personas que me han comentado, medio en broma medio en serio, si esto no será la cercanía de la venida del Señor. Ciertamente, los evangelios no dicen "el día ni la hora", es algo que queda en la escatología, en el "ya, pero todavía no". Es más, opino que esta no debe ser la peor pandemia a lo largo de la historia como tal. No quiero imaginarme cómo harían en tiempos de la peste bubónica, sin las noticias, actualizando números cada dos horas, o sin mensajes de "Vamos a salir de esto", o, simplemente, sin whatsapp. Ahora bien, aunque la venida del Señor es algo de lo que no sabemos el día ni la hora, ante la que tenemos que estar preparados, creo que sí que podemos interpretar todo esto a la luz de nuestra fe.
Y, ¿qué nos dice todo esto? Me permito pensar en voz alta y compartirlo con quien lo lea.
Se nos había olvidado lo que era una epidemia, una pandemia. Es cierto que han habido epidemias en otros lugares, pero como de allí a aquí no había comunicación, más que a través de los medios unos 30 segundos al día cuando los había, era como que eso en lugares desarrollados no pasaba. Curiosamente, es el ser tan desarrollados lo que ha llevado a esto, de "epidemia" a "pandemia". Quizá ese sentimiento humano de una cierta pseudo-invulnerabilidad, no estaría nada mal que fuera infectado por el coronavirus y se lo llevara por delante, porque es un sentimiento irreal. Sin embargo, no es lo mismo que yo me dé cuenta de que no soy invulnerable en el lecho de muerte, a que nos demos cuenta como sociedad, porque lo que le pasa a mi vecino, quizá me pase a mi mañana. Quizá, saber que no somos invulnerables, nos lleve a valorar más el tiempo que vivimos, los pasos que damos, los abrazos que compartimos. Somos y estamos necesitados de muchas cosas, y negarlo no hará que sea más real. No hay más ciego que el que no quiere ver.
Necesitamos esperanza. El "Todo irá bien" no es más que la manera secular de confiar en la Providencia. Porque, ciertamente, todo irá bien si no va peor. El "Todo irá bien" es nuestra manera de afirmar que pondremos todo de nuestra parte para que vaya bien. El médico, curando. Los asistentes, asistiendo. Los creyentes, rezando. Y, sobre todo, todo lo que podamos, quedándonos en casa por el bien común. Para mí, es más efectivo poner las cosas en las manos de Dios, pero actuando como si todo dependiera de mí, en lo que depende de mí. Sin esperanza, nos ahogamos, dejamos de ver el futuro abierto y caemos en el "mesinfotismo" (manera valenciana de decir siempre que uno pasa de todo). "Todo irá bien", sí, eso espero, y por eso trabajo, pero prefiero confiar en el Señor, que fiarme de quienes hemos causado todo esto. A mí me va bien.
Y, finalmente, quizá cabría plantearse, de nuevo, la cuestión sobre el "progreso". Si seguimos creyendo que el progreso es todo avance tecnológico, saldremos de aquí más pobres que éramos. El progreso no es una cuestión tecnológica, sino que es una cuestión humana, y se progresa en aquello que nos beneficia directamente y beneficia nuestro entorno. Si no somos capaces de comprender esto, hoy es el coronavirus, mañana será el hagstavirus y pasado el tontovirus, porque seguiremos pensando que el avance tecnológico debe continuar a cualquier precio. Las teorías de la conspiración alrededor de todo esto son virales, pero más viral sería, el confirmar, a base de cabezazos contra la pared, de pandemias y accidentes nucleares, la frase de aquél pensador que dijo: "Nos extinguiremos por imbéciles".
Que cada uno saque sus propias conclusiones; yo seguiré sacando las mías. Y las compartiré. Y quien quiera, que las escuche, o que las lea. Pero, de todo esto, solo deseo que a todos nos haga pensar. Estoy convencido de que las cosas cambian en tanto que cambia el corazón de cada uno de nosotros, pero como eso es un proceso personal, me conformo con desear que pensemos y saquemos nuestras propias conclusiones, que no nos quedemos con las del informativo o las de los "líderes de los mass media". Dios nos ha dado la capacidad de pensar... pues, ante todo esto, ¡pensemos!
Y, ¿qué nos dice todo esto? Me permito pensar en voz alta y compartirlo con quien lo lea.
Se nos había olvidado lo que era una epidemia, una pandemia. Es cierto que han habido epidemias en otros lugares, pero como de allí a aquí no había comunicación, más que a través de los medios unos 30 segundos al día cuando los había, era como que eso en lugares desarrollados no pasaba. Curiosamente, es el ser tan desarrollados lo que ha llevado a esto, de "epidemia" a "pandemia". Quizá ese sentimiento humano de una cierta pseudo-invulnerabilidad, no estaría nada mal que fuera infectado por el coronavirus y se lo llevara por delante, porque es un sentimiento irreal. Sin embargo, no es lo mismo que yo me dé cuenta de que no soy invulnerable en el lecho de muerte, a que nos demos cuenta como sociedad, porque lo que le pasa a mi vecino, quizá me pase a mi mañana. Quizá, saber que no somos invulnerables, nos lleve a valorar más el tiempo que vivimos, los pasos que damos, los abrazos que compartimos. Somos y estamos necesitados de muchas cosas, y negarlo no hará que sea más real. No hay más ciego que el que no quiere ver.
Necesitamos esperanza. El "Todo irá bien" no es más que la manera secular de confiar en la Providencia. Porque, ciertamente, todo irá bien si no va peor. El "Todo irá bien" es nuestra manera de afirmar que pondremos todo de nuestra parte para que vaya bien. El médico, curando. Los asistentes, asistiendo. Los creyentes, rezando. Y, sobre todo, todo lo que podamos, quedándonos en casa por el bien común. Para mí, es más efectivo poner las cosas en las manos de Dios, pero actuando como si todo dependiera de mí, en lo que depende de mí. Sin esperanza, nos ahogamos, dejamos de ver el futuro abierto y caemos en el "mesinfotismo" (manera valenciana de decir siempre que uno pasa de todo). "Todo irá bien", sí, eso espero, y por eso trabajo, pero prefiero confiar en el Señor, que fiarme de quienes hemos causado todo esto. A mí me va bien.
Y, finalmente, quizá cabría plantearse, de nuevo, la cuestión sobre el "progreso". Si seguimos creyendo que el progreso es todo avance tecnológico, saldremos de aquí más pobres que éramos. El progreso no es una cuestión tecnológica, sino que es una cuestión humana, y se progresa en aquello que nos beneficia directamente y beneficia nuestro entorno. Si no somos capaces de comprender esto, hoy es el coronavirus, mañana será el hagstavirus y pasado el tontovirus, porque seguiremos pensando que el avance tecnológico debe continuar a cualquier precio. Las teorías de la conspiración alrededor de todo esto son virales, pero más viral sería, el confirmar, a base de cabezazos contra la pared, de pandemias y accidentes nucleares, la frase de aquél pensador que dijo: "Nos extinguiremos por imbéciles".
Que cada uno saque sus propias conclusiones; yo seguiré sacando las mías. Y las compartiré. Y quien quiera, que las escuche, o que las lea. Pero, de todo esto, solo deseo que a todos nos haga pensar. Estoy convencido de que las cosas cambian en tanto que cambia el corazón de cada uno de nosotros, pero como eso es un proceso personal, me conformo con desear que pensemos y saquemos nuestras propias conclusiones, que no nos quedemos con las del informativo o las de los "líderes de los mass media". Dios nos ha dado la capacidad de pensar... pues, ante todo esto, ¡pensemos!

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