Adoctrinar o no adoctrinar, ¿he aquí la cuestión?

¿Nos da miedo la palabra doctrina? ¿Creemos que coarta nuestra libertad? ¿Es necesario eliminar las doctrinas para poder pensar libremente?

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, doctrina es la enseñanza que se da para instrucción de alguien; y es cierto que todos hemos recibido alguna doctrina en nuestra vida que hemos asumido y hemos hecho nuestra.


La doctrina no es aquello que encorseta nuestra razón, como la oveja en el cercado que no puede comer más allá de las vallas por muy apetitosa que sea la hierba, sino que es la que nos permite enriquecer nuestro pensamiento. Gracias a las doctrinas que asumimos libremente y hacemos nuestras, nuestro pensamiento puede desarrollarse y evolucionar hacia una mayor elaboración, pues si no asumiéramos doctrinas siempre que intentáramos pensar sería el eterno retorno al comenzar de 0, y quedaríamos anclados en una espiral racionalista de la que nos sería imposible salir; es en este punto donde reside la diferencia entre doctrina y el concepto de dogma kantiano, entendido como algo que nos aliena y que damos por cierto sin haberlo discernido antes. La doctrina se asume en la vida del que la recibe y la hace suya, con sus matizaciones personales pero pasando a formar parte en su esencia de su horizonte de comprensión; este horizonte de comprensión puede cambiar con el paso del tiempo y con la aprehensión de nuevas doctrinas, pero no desaparece sino que se enriquece, aun siendo doctrinas contradictorias, porque las asume con el presupuesto de las doctrinas anteriores que, si ha hecho suyas, le han ayudado a entender y a vivir en el mundo. Por tanto, la enseñanza que se da para instrucción de alguien o el conjunto de ideas u opiniones religiosas, filosóficas, políticas, etc., sustentadas por una persona o grupo no son malas en sí mismas ni contradicen el sapere aude, sino que enriquecen el pensamiento y son enriquecidas por este. La doctrina forma parte de nuestra racionalidad e impulsa nuestro obrar, siempre que obramos con un mínimo criterio.

Pero no quería hablar aquí de la doctrina en sí misma considerada, sino del acto de enseñar una doctrina: adoctrinar. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, adoctrinar significa Instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias. La definición en sí misma no tiene nada de malo ni perverso; puede que a alguien le pueda chirriar eso de creencias, pero quizá deberíamos examinar las certezas que tenemos en nuestra vida, para ver qué queda como certeza y qué queda como creencia. Aun así, adoctrinar no es ni bueno ni malo en sí mismo, aunque sí que es cierto que la palabra doctrina o adoctrinamiento ha adquirido una carga negativa en los últimos tiempos, a mi juicio fruto de un mal discernimiento de la post-modernidad; pero más allá de esta afirmación, que tampoco quiere ser el objeto de esta entrada, lo cierto es que aunque la palabra haya adquirido una carga negativa el adoctrinamiento sigue presente (como no podía ser de otro modo) en nuestra sociedad. Este es el objeto de esta entrada: reflexionar acerca del adoctrinamiento y sus modos de darse, para como mínimo hablar con propiedad.

Se pueden distinguir, en última instancia, dos tipos de adoctrinamiento: el adoctrinamiento abierto o explícito y el adoctrinamiento oculto o implícito. Comencemos por el primero.
Adoctrinar abiertamente significa instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias abiertamente; un ejemplo claro de esto sería la actividad evangelizadora de la Iglesia Católica. La Iglesia en su función de anunciar el Evangelio de Jesucristo enseña una doctrina que emana de la vida, palabras y obras, de Jesucristo, y que se transmite en la Iglesia a partir de la Tradición apostólica y su precipitación literaria en la Sagrada Escritura. Este adoctrinamiento es un adoctrinamiento abierto, pues cuando uno se acerca a la Iglesia ya sabe lo que le van a decir y de lo que le van a hablar, además de que se encuentra explicitado en el Magisterio de la Iglesia; alguien que se interesa por la religión cristiana católica puede coger documentos del Magisterio y consultar acerca de cuestiones de fe y costumbres (moral). Los que realizan este adoctrinamiento en concreto lo hacen a partir de la creencia, o de la certeza que da la fe.

Otro ejemplo podría ser la función adoctrinadora de los militantes de alguna ideología política, pues estos expondrán esta ideología porque consideran que es la que más conviene para la organización política de una sociedad e intentarán adoctrinar a los demás exponiendo argumentos, ya que tienen la creencia (repito, creencia, aunque muchos piensen que es certeza) de que la sociedad sería mejor a partir de la ideología que ellos proponen.


Este tipo de adoctrinamiento abierto no me parece malo ni negativo en principio, porque las doctrinas enseñan de manera abierta y clara el objeto de su doctrina y es legítimo a la racionalidad y la sociabilidad del ser humano; no hablamos de la validez de las doctrinas, sino de la validez del modo de darse esa doctrina. Es una exposición clara de doctrina que se realiza explícitamente, sin intentar ocultar el fin de esa doctrina.
Sin embargo existe otro tipo de adoctrinamiento. El adoctrinamiento oculto se entiende como instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias ocultamente, sin mostrar todos los aspectos de la doctrina que se pretende exponer para que el otro la reciba. Este tipo de adoctrinamiento sí es perjudicial e incluso peligroso para aquel que lo recibe, pues está recibiendo una doctrina al mismo tiempo que recibe una doctrina que subyace y que quizás no quiera recibir. Para ser justos, pondré dos ejemplos acerca de esto.

En primer lugar, está el responsable de evangelizar (todo cristiano por el simple hecho de serlo o en su función concreta dentro de la Iglesia) que además de enseñar el Evangelio de Jesucristo (adoctrinamiento abierto) lo hace tiñendo el mensaje de una cierta ideología política, sea de la tendencia que sea (adoctrinamiento implícito). Así, el que se acerca a él para recibir una doctrina determinada recibe a su vez una doctrina implícita que puede que no sepa separar de la doctrina explícita. En este caso, el adoctrinador está actuando de manera deshonesta y está proporcionando una doctrina que no le han pedido y por la que no le han buscado, lo cual es de por sí perjudicial para el receptor por violar su libertad a la hora de asumir esa doctrina. Llamamos a este tipo de adoctrinamiento: adoctrinamiento implícito por asociación.

En segundo lugar, también está el profesor de filosofía que enseñando su asignatura deja de lado contenidos porque no se ajustan a la doctrina que ha asumido en su vida; el profesor que con la bandera del librepensamiento en la mano fragmenta la historia del pensamiento omitiendo las partes que no se ajustan a su doctrina ideológica o religiosa amparándose en la libertad de cátedra o en la selección de contenidos fundamentales. Si esto se hiciera de manera abierta, es decir, en el ámbito pertinente a un público que conscientemente ha tomado esa opción, sería lícito conforme al análisis que hemos hecho; el problema viene cuando el profesor afirma que quiere enseñar a pensar y que los alumnos generen pensamiento libre, cuando él mismo coarta la libertad de los alumnos fragmentando la información y exponiendo la parte como un todo, su doctrina como toda doctrina posible en ese campo. El resultado en este campo son alumnos que creen haber asumido la materia, y con ella creen tener una perspectiva general del pensamiento, pero que realmente han desestimado otras áreas sin haberlas conocido, sin saber qué es esa doctrina (sin que sea necesario asumirla); así los alumnos que creen haber conseguido una perspectiva general del pensamiento y haber asumido aquello que más se conforma a su manera de ser (adoctrinamiento explícito) han recibido una parte de esa doctrina que se ha hecho pasar por el todo (adoctrinamiento implícito). Aquí el adoctrinador actúa de manera deshonesta reduciendo la realidad del campo que trabaja y ajustándola a su doctrina, aun a sabiendas de que no es la única; llamamos a este adoctrinamiento: adoctrinamiento implícito por reducción o fragmentación.

En fin, nadie se libra de las doctrinas, por muy dura que le resulte esta palabra; la clave no está en estar a favor o en contra de estas, sino en aceptar que somos adoctrinados constantemente a lo largo de toda nuestra vida: anuncios, periódicos, amigos, profesores, padres... Es cierto que se llega a un punto de madurez en que la doctrina propia (llamémosle visión del mundo) tiene consistencia suficiente y solamente varía en matices, pero es conveniente que para cuando llegue ese momento la visión de la realidad haya sido lo suficientemente amplia como para poder asumir lo que verdaderamente cuadra con la persona. No hemos de protegernos de las doctrinas, porque en ese caso estaríamos cerrándonos a la discusión y a formarnos y madurar en nuestra visión del mundo; hemos de protegernos de las doctrinas implícitas que se nos intenta inculcar y que por la fuerza que llevan al ser asumidas por el inconsciente generan fundamentalismos que no somos capaces de explicar, ya que no somos conscientes de cómo las hemos recibido.
Por tanto, esta entrada es solamente una invitación: a reflexionar acerca de nuestra honradez intelectual a la hora de adoctrinar a los demás, sobre todo si tenemos una mínima autoridad; porque de lo contrario, estaremos arrebatando la libertad a aquellos que adoctrinamos y, por muy legítimo que nos parezca adoctrinar implícitamente por el bien de la persona, le estaremos privando de lo más personal que tiene: la libertad de pensamiento.

El que tenga oídos para oír, que oiga.

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